UNA REVISIÓN DE VIDA DESDE
EL HOMBRE Y DESDE DIOS
Fuente: Revista “SIGNO”, publicación bimensual de la Acción Católica General, núm. 13 de enero-febrero de 2007, Págs. 37 a 40. Autor: Movimiento “Junior” de Acción Católica.
En el primer tema de Revisión de Vida: "Ver, Juzgar y Actuar como Jesús lo hace", aportábamos la "Claves Cristológicas" de la Revisión de Vida. A estas se añaden, para cerrar el ciclo unas "Claves Antropológicas" y unas "Claves Teológicas". Para entender, de una manera global, una Revisión de Vida, desde Dios y desde el Hombre. Para poder Ver, Juzgar y Actuar como Jesús lo hacía, y caminar hacia un Nuevo Hombre, una Nueva Sociedad y una Nueva Iglesia… anticipo del Reino de Dios.
CLAVES ANTROPOLÓGICAS
La Revisión de Vida pone en juego, interrelacionadas armónicamente, tres dimensiones fundamentales y constitutivas de la personalidad humana: el conocimiento, la afectividad y la actividad.
El planteamiento de la Revisión de Vida se fundamenta en el descubrimiento y la valoración de la capacidad de conocer, del sentimiento y la creatividad como fuerzas capaces de permitir a la persona una más consciente y comprometida inserción crítica en la realidad que le envuelve, una mayor posibilidad entre el yo y los otros, y una responsable acción liberadora y transformadora.
La persona se hace más persona, va siendo más plenamente humana, en la medida en que se va descubriendo en su relación con los demás, con el mundo y con la realidad que le rodea, cuando ve que sus posibilidades de acción son múltiples y variadas, necesarias y eficaces. De esta forma la persona va consiguiendo una mayor realización cuando se hace consciente de que la naturaleza, las demás personas y todo cuanto existe están como a la expectativa de su propia acción creadora. En la medida en que limitamos o no desarrollamos nuestro conocimiento, nuestra afectividad y nuestra actividad nos limitamos como personas.
Estimula y desarrolla la capacidad de conocer la realidad
La persona es un ser en relación con el mundo y con otras personas, y en esa relación se va haciendo y realizando. Por eso, conocer su mundo es vital para la persona. A su vez, el adecuado conocer supone un contacto directo e inmediato con una realidad que reclama nuestra atención en busca de una respuesta libre y personal.
La reflexión sobre la realidad impulsa el paso de un vivir de lo inmediato, lo superficial, a la humanización y personalización liberadora. Cuanto más reflexione la persona sobre la vida, sobre su situación concreta, más consciente será y más dispuesta estará a intervenir para cambiarla.
La persona necesita adquirir una conciencia crítica de sí misma, de sus comportamientos, de los acontecimientos y la realidad que le envuelve. Es una tarea de concienciación y conocimiento en profundidad que le permitirá desvelar y desentrañar lo que ocurre analizando sus causas y consecuencias, descubriendo la interrelación de sus distintas dimensiones y las estructuras económicas, políticas, legales, culturales… que la configuran, a la búsqueda de una plena realización y humanización de sí mismo, de los demás y del mundo.
Por otro lado, desde la fe, la realidad no se agota, ni el conocimiento se limita a un "ver" exterior, ni siquiera en un profundizar en el interior de las personas y los acontecimientos sino que incluye el descubrir la presencia liberadora del Reino de Dios y de Dios mismo en el corazón de la vida y de la historia. Descubrir la realidad como sacramento de Dios.
Estimula y desarrolla la dimensión afectiva de la persona
En primer lugar hay que decir que la afectividad se extiende a todo el campo de los valores. En la persona existe una capacidad original de valorar todo, de reaccionar ante la vida. Toda persona le da un valor a cualquier hecho o acontecimiento que vive, selecciona la realidad, se centra en lo que quiere y atiende más a una cosa que a otra, toma postura según el valor que le dé.
Reconocemos como valor todo lo que creemos que favorece nuestra plena realización como personas. Valor es todo aquello que es considerado como el bien o como lo bueno, que motiva activamente la voluntad y el deseo de una persona a conseguir su objetivo. Es lo que hace que una cosa sea reconocida como digna o rechazable. El juicio en la Revisión de Vida surge, pues, a partir de los impulsos, emociones, sentimientos, sensaciones, vivencias… que la realidad percibida nos provoca y sugiere desde el sentido y valores que descubrimos en ella.
Por eso, la persona, en la medida en que ha realizado una reflexión profunda y crítica sobre la realidad y la juzga según lo que tiene sentido y valor, es capaz de optar, de tomar postura, de decidirse por lo que la va a realizar y hacer más plenamente humana, más persona. A medida en que la persona va optando y adoptando posturas a lo largo de su vida, va jerarquizando los distintos valores adquiridos poniéndolos por orden de preferencia. Y tomar conciencia de los valores y las opciones que se van adoptando es fundamental para conocer y ser consciente del estilo de vida que se defiende y el sentido que le vamos dando a ésta.
La Revisión de Vida tiene como referencia valores y opciones que provienen de toda la lucha de la humanidad por una mayor humanización y liberación de las personas y sociedades, así como los valores y opciones vividos y concretados por Jesucristo en la realización del Reino de Dios que se nos revela a través del Evangelio, de la comunidad creyente y de todos los procesos de liberación. Los cristianos tenemos una jerarquía de valores que emana de la voluntad creadora y liberadora de Dios Padre, que se manifiesta y concreta en el Reino de Dios anunciado e inaugurado por Cristo y realizado por Él mismo.
Estimula y desarrolla la dimensión de la acción y protagonismo de la persona
La persona es también por naturaleza un ser activo. La acción es lo que hace que la persona tome, consciente y responsablemente, la vida entre sus manos y se convierta, con los demás, en protagonista de la misma. La acción permite que nuestra presencia en el mundo no se limite a un simple "estar", permite que podamos además "ser" al poner algo de nosotros mismos en la vida, en la historia. La acción permite una encarnación responsable y comprometida para transformar la realidad de acuerdo con los valores y opciones que ha tomado, para dar respuesta a los desafíos y llamadas que ha descubierto.
Todo proceso de reflexión sobre la realidad que no aterriza en acción y compromiso es pura ilusión. Toda persona que toma conciencia de una situación -propia o de los demás- injusta y opresiva y no hace nada, además de continuar en la misma situación, se hace cómplice de la misma. O por el contrario, toda persona que percibe y siente lo que libera, realiza y humaniza, a él y a los demás, y no hace lo posible por favorecerlo y desarrollarlo es un ser pasivo.
De ahí la necesidad de una invitación educativa a la acción reflexionada, realista y madura en permanente búsqueda de caminos nuevos hacia la transformación personal y colectiva. La acción resulta entonces algo tan vital, tan necesario como respirar o alimentarse, que nunca se deberá experimentar como una carga, sino como algo gozoso y liberador.
La acción, desde la fe en Jesucristo, es la tarea por lo que vamos concretando, aquí y ahora, la construcción de la Persona Nueva y la Sociedad Nueva, donde ya se empieza a vivenciar y realizar el Reinado de Dios. La acción es el signo evangelizador más fuerte que podemos anunciar los cristianos. A través de la acción, que brota de la fe, el Evangelio es proclamado como testimonio.
CLAVES TEOLÓGICAS
La Revisión de Vida invita y educa a acercarse a lo real para transformarlo desde la experiencia de un encuentro con Dios que se nos manifiesta y comunica en el interior de cualquier acontecimiento. La Revisión de Vida nos impulsa a escuchar a Dios que habla a través de los acontecimientos, pequeños o grandes, que vive la humanidad.
Vivir en cristiano supone descubrir, a partir de cualquier situación del día a día, cuál es el proyecto y la intención de Dios, y tomar partido por la utopía que Él ha introducido, con su presencia salvadora, en el corazón de la humanidad.
La realidad espacio de la presencia de Dios
Convicción fundamental del cristiano es creer que el Reino de Dios ya está presente entre nosotros (Mc 1,14-15) como una semilla que brota y crece (Mc 4,27). Todo aquello que tiende a una mayor humanización de la vida es el signo de una Presencia y la expresión de una acción personal de Dios: «Mi Padre sigue trabajando y yo también trabajo» (Jn 5,17)
La realidad humana la leemos estructurada y organizada de tal manera que ahí se hace presente la salvación de Dios. La vida es para nosotros expresión de la experiencia más profunda de Jesucristo encarnado, muerto y resucitado.
Es verdad que la realidad es el resultado de la acción de las personas -las estructuras, las leyes, las instituciones, los grupos humanos, los sistemas de valores, los modos de convivencia…- pero esto tiene para el cristiano un significado mucho más profundo a partir de la encarnación de Dios en Jesús de Nazaret en es misma realidad. Dios, por Cristo, se ha introducido en la misma entraña y en el corazón de la humanidad y del mundo.
De esta manera, al analizar la realidad, leemos en las mismas claves de la experiencia de Jesús y descubrimos en ella la impronta, el dinamismo de su resurrección. Por eso, la realidad está cargada de utopía, de llamada y fuerza transformadora que nos invita a alumbrar la Nueva Creación. Lo que fundamentalmente desarrolla la dinámica de la Revisión de Vida, como experiencia creyente, es que Dios está en el entramado de todo acontecimiento.
Cuando descubrimos la realidad y verificamos avances y progresos hacia una mayor humanización, justicia, gozo, felicidad, amor, fraternidad… reconocemos en ella la presencia y la fuerza salvadora de Dios que se manifiesta por el dinamismo liberador de la resurrección de Cristo. Y cuando en esa misma realidad descubrimos la maldad, el egoísmo, la falsedad, la explotación, la injusticia, la violencia… percibimos a Dios en su propia ausencia: «Vino a los suyos y no lo recibieron» (Jn 1). El Dios que confesamos es un Dios crucificado y esta nota aparece traspasando también toda la realidad cotidiana. Dios también nos habla detrás de los espacios donde se le niega y se le rechaza en la destrucción y negación de lo humano (Ex 29,45-46; Ez 37,27-28; Jn 1,14).
Dios actúa en la misma entraña de la historia
Dios se revela en la Biblia haciéndose presente en la historia de su pueblo. Así lo vivieron los israelitas, de manera que cuando querían decir cómo era Dios narraban los acontecimientos de salvación que había realizado en medio de ellos (Ex 3,1-15; Det 6,20-25; Am 2,10; Gál 6,15). El pueblo de Israel ha llegado a conocer "al que es" descubriendo que "está" en el interior de la historia de la humanidad.
Así, toda la realidad histórica se manifiesta bajo el signo salvador y liberador de Dios, aunque se encarna, expresa y realiza plenamente en Cristo Jesús. El Evangelio nos describe a Jesús por los caminos, adentrándose en el corazón de las personas, formando parte de un pueblo concreto, tomando postura ante todo lo que vive, preocupado siempre por seguir la voluntad del Padre y trabajando constantemente para hacer presente su Reino.
Desde esta perspectiva toda la historia está impregnada de utopía transformadora gracias al dinamismo de la muerte y resurrección de Jesús. Y por la resurrección de su Hijo, Dios Padre nos comunica su Espíritu, como el gran animador de la historia. En cualquier acontecimiento el Espíritu de Dios es el verdadero agente que mueve todo lo que tiende al Reino y que inspira la fuerza para luchar contra todo lo que obstaculiza su realización.
El creyente vive su fe en íntima relación con la vida
Todas las realidades son signos de la presencia activa y creadora de Dios, de su cercanía y su proximidad, su amor y su amistad, sus llamadas e invitaciones. Por eso, el encuentro personal con Dios acontece en el encuentro personal con todas esas realidades y va generando un talante y un estilo de vida que define a la persona creyente (Mt 25,31-46; Sal 8; Hch 4,1-22).
El creyente es, en primer lugar, una persona "marcada" por una experiencia inicial que le ha hecho despertar y vivir la vida en profundidad, en actitud de escucha, atento a los acontecimientos, a sus circunstancias y a las de los demás. Persona despierta, vigilante (Mc 13,33-37) que va más allá de las apariencias (1 Cor 2,9-10), que percibe unas llamadas (Ex 1,1-12) y toma sobre sus hombros la vida de las personas y del pueblo para trabajar por el Reino de Dios (Ez 37,1-14; Lc 9,48).
Es también una persona que vive el encuentro personal y comunitario con Dios, a quien descubre en las personas, en los problemas y alegrías, y definitiva y plenamente en Jesús de Nazaret, con quien se compromete para hacer posible su proyecto de persona y de mundo, hasta llegar a una sintonía de vida y a compartir su misma suerte; «ya no soy yo quien vive en mí, es Cristo quien vive en mí», decía Pablo.
En consecuencia, el creyente ya no considera su persona, sus ideas, sus intereses, como el centro del universo, como el centro del universo, sino que pone su vida al servicio de ese Dios y su proyecto de salvación para las personas y el mundo y todo lo juzga desde ahí (1 Cor 15,28; Rm 8, 18-21. 29; Apc 21,1-5).
La Revisión de Vida es un medio eficaz para conseguir este talante que define al creyente, entendiendo la Revisión de Vida no sólo como un instrumento sino como el espíritu que la anima.
La Revisión de Vida, como ya hemos dicho, es una dinámica que nos introduce, poco a poco, en las distintas esferas y capas de que consta ese entramado, social, psicológico y espiritual, que llamamos VIDA. Es un proceso que nos va acostumbrando a profundizar, a partir de lo más elemental y superficial, en las dimensiones más ocultas y ricas de la vida, permitiéndonos al mismo tiempo percibir la presencia del Reino en medio de nosotros (Jn 1,26), Reino que normalmente no reconocemos (Lc 17,20-21), y a escuchar la llamada a la acción que nos viene de la misma realidad (Mc 13,33-36). Pero al mismo tiempo, la Revisión de Vida no puede perder nunca de vista la perspectiva desde la que adquiere su pleno sentido. Esta perspectiva no es otra que la de entender la Revisión de Vida como un medio o instrumento al servicio del Reino de Dios y, por lo tanto, al servicio de un determinado proyecto de Persona, Sociedad e Iglesia que orienta y enmarca el futuro que queremos construir para que vaya siendo posible ese Reino. Y para los sujetos de la Revisión de Vida, para cada una de las personas que hacemos Revisión de Vida, ésta deber entenderse también como un medio o instrumento que nos ayuda a profundizar y avanzar en nuestra militancia cristiana, es decir, en todos aquellos planteamientos de vida, valores, actitudes, compromisos… que debemos ir adquiriendo y viviendo para ser cada día más fieles a las exigencias del Evangelio.
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